El día que conocí a Joaquín Balaguer: la historia detrás de una fotografía que nunca olvidé


Hay fotografías que guardan un instante. Otras, sin saberlo, conservan el comienzo de una historia.

Esta fotografía la tomé durante uno de los últimos mítines políticos de Joaquín Balaguer. Ese día estuve tan cerca de él que por momentos pensé que finalmente podría conocerlo. No sucedió. Regresé a casa con la imagen, pero también con el mismo deseo que me acompañaba desde pequeña.

Quería conocer a Balaguer.

Ese anhelo tenía raíces familiares. Mi padre Antonio fue un fiel admirador suyo y miembro del Partido Reformista, al igual que mi tío Andrés Mendoza Pepín, quien fue diputado por esa organización política. De una forma u otra, Balaguer estuvo presente en muchos recuerdos de mi infancia: en las conversaciones de los adultos, en las campañas electorales y hasta en una fotografía suya, vestido de militar, que veía en el comedor de mi casa.


Desde mi mirada de niña me parecía un hombre muy guapo y, aunque nunca lo había visto personalmente, llegué a sentir por él ese cariño inexplicable que se siente por un abuelo lejano al que se conoce únicamente a través de las historias familiares.

Después de aquella última campaña electoral, los meses comenzaron a pasar y pensé que mi oportunidad se alejaba cada vez más.

Hasta que una noche sonó el teléfono.

“Prepárate, mañana vamos a conocer a Balaguer”

Era Javier Jiménez, miembro de la juventud del partido.

—Prepárate, que mañana vamos a conocer al presidente Balaguer.

No necesitó decir mucho más.

La noticia me llenó de alegría y entusiasmo. Después de tantos años, aquello que había deseado desde niña estaba a punto de hacerse realidad.

A las seis de la mañana partimos hacia Santo Domingo junto a otros jóvenes, entre ellos Rafael Cruz. Éramos quince en total y yo era la única mujer de la delegación.

Llegamos a la famosa residencia de la avenida Máximo Gómez número 25.

Todavía puedo evocar la energía del lugar. Desde nuestra llegada se percibía que no se trataba de una casa cualquiera.

Nos sentamos en el patio delantero mientras aguardábamos autorización para pasar hacia la residencia de Balaguer, ubicada en la parte posterior. Esa espera, que terminaría siendo mucho más larga de lo imaginado, me permitió contemplar el pequeño universo que giraba alrededor de aquella casa.

Vimos a la pequeña mujer que barría la acera y sobre quien circulaba, según recuerdo, una leyenda popular relacionada con la buena suerte. También observamos al señor que le leía los periódicos a Balaguer y a personas de toda clase que aguardaban alguna dádiva, ayuda o ración de comida, una costumbre de asistencia que la hermana de Balaguer mantenía con muchos de quienes acudían allí.

Alrededor de las diez de la mañana finalmente nos permitieron entrar.

Allí se encontraba Bello Andino, su asistente personal, además de políticos de distintos lugares y posiciones dentro del partido. Recuerdo al ingeniero Eduardo Estrella, quien nos saludó amablemente porque conocía de cerca a varios integrantes de nuestra delegación. También estaba Ito Bisonó, quien había realizado las gestiones para que Balaguer nos recibiera, entre otras figuras políticas que entraban y salían constantemente.

Las horas seguían corriendo.

Y yo observaba.

Las personas, los movimientos, las conversaciones, las puertas que se abrían y cerraban.

La residencia parecía haber dejado de ser simplemente un hogar para convertirse en una extensión de la vida pública de Balaguer: oficina, centro de reuniones, espacio de encuentros políticos y, al mismo tiempo, punto de llegada de ciudadanos comunes que acudían en busca de ayuda.

En determinado momento vimos a una señora subir con una bandeja y, tiempo después, bajar con ella.

Era el desayuno.

Según pude apreciar, ese día el doctor Balaguer había comido ñame.

Puede parecer un detalle insignificante, pero jamás lo olvidé.

Me sorprendió la sencillez del alimento. Nada suntuoso ni extravagante, como alguien podría imaginar de un político o, mejor dicho, de una persona de su dimensión, posición e influencia.

Al menos en esos pequeños detalles que pude apreciar, todo parecía sencillo.

El hambre también formó parte de la historia

Llegó el mediodía.

Y continuábamos esperando.

Para entonces, el hambre comenzaba a sentirse.

Uno de nuestros compañeros, mucho más astuto que el resto y que, al parecer, conocía perfectamente cómo funcionaba todo en aquella residencia, desapareció durante un rato.

Horas después regresó sonriente, satisfecho y haciendo evidente que había comido.

Lo miramos sorprendidos.

—¿Comiste? ¿Dónde?

—En la casa de adelante. Ahí sirven comida para todo el que quiera.

Nos quedamos mirándolo.

Y era cierto.

Muchas personas de la localidad acudían diariamente con sus cantinas o envases para buscar comida en la casa número 25 de la Máximo Gómez.

Tontos nosotros.

Habíamos pasado horas con el estómago vacío sin siquiera sospechar que, a pocos metros, había comida disponible. De haberlo sabido, seguramente habríamos calmado el rugir de nuestros estómagos mucho antes.

A la una de la tarde, el cansancio y el hambre ya comenzaban a afectar nuestro ánimo.

Habíamos llegado impecables, vestidos con trajes y corbatas, cuidando el protocolo y procurando comportarnos de acuerdo con la importancia de la ocasión.

Horas después, aquella formalidad se había desvanecido.

Estábamos tirados en los sillones, agotados, hambrientos y desesperados.

Y comenzaron las discusiones.

Una parte del grupo decía:

—Esto no se le hace a nadie. Tenemos demasiado tiempo esperando. Es mejor irnos.

La otra respondía:

—Ya hemos esperado demasiado. Ahora lo que falta tiene que ser menos.

Y así seguimos.

Lo curioso es que, alrededor de las tres de la tarde, las posiciones comenzaron a invertirse.

Quienes al principio defendían la idea de permanecer ahora querían marcharse. Veíamos cómo políticos y personalidades que habían llegado mucho después recibían prioridad para subir y encontrarse con Balaguer.

Comprendimos entonces que aquello no funcionaba por orden de llegada.

El acceso era organizado por sus asistentes, entre ellos el general Pérez Bello y Bello Andino, quienes debían administrar una agenda que parecía interminable.

Y, como suele ocurrir cuando ya se ha esperado demasiado, quienes primero querían irse eran ahora los que insistían:

—¡No! Después de todo este tiempo, ahora no nos podemos ir.

Entre el rugir de nuestros estómagos, el agotamiento, las discusiones y la decepción, llegamos a las tres y media de la tarde.

Un asistente bajó las escaleras.

Nos miró y pronunció las palabras que llevábamos horas deseando escuchar:

—Ya pueden subir.

Fue extraordinario.

En cuestión de segundos se nos olvidó todo.

El hambre.

El cansancio.

Las quejas.

La desesperación.

Todo se transformó en una mezcla de alegría, emoción y nerviosismo.

Los quince subimos las escaleras apresuradamente, casi como si se tratara de una competencia.

No podíamos creerlo.

Finalmente conoceríamos al hombre por quien habíamos pasado años haciendo campaña y a quien habíamos acompañado en tantos mítines.

Diputado Andrés Mendoza Pepín, Presidente Joaquín Balaguer Ricardo, Fernando Álvarez Bogar



Y allí estaba él

Al llegar al segundo nivel, donde se encontraba su oficina, nos recibió el general Pérez Bello.

Era un hombre alto, de tez morena, anteojos oscuros y vestido con un uniforme militar color crema. Su porte imponía e incluso intimidaba, aunque su voz contrastaba con aquella apariencia: era amistosa y gentil.

Entré buscando inmediatamente a Balaguer con la mirada.

Pero también quería contemplarlo todo.

La fotografía de su madre.

Los libros.

Los cuadros.

Los innumerables objetos que llenaban aquel espacio.

Era como entrar físicamente en un lugar que durante años había existido únicamente en mi imaginación.

Y entonces lo vi.

En medio de aquella pequeña biblioteca había un gran sofá reclinable.

Allí, casi perdido dentro de él, estaba Joaquín Balaguer.

Su diminuta figura parecía todavía más pequeña frente al tamaño del mueble.

La impresión fue enorme.

Tenía los ojos cerrados y vestía ropa de casa. Recuerdo un pantalón que le llegaba muy alto, casi hasta el torso, una correa cuya hebilla llevaba sus iniciales y una bata marcada también con aquellas dos letras:

JB.

Me quedé contemplándolo.

Aquel anciano frágil y vulnerable era el mismo hombre que tantas veces había escuchado hablar con una firmeza extraordinaria, con una voz y una energía avasalladoras capaces de estremecer a las masas.

Ese contraste me conmovió.

El hombre poderoso de las grandes concentraciones políticas estaba allí, frente a nosotros, reducido por los años y por su condición de salud a una imagen profundamente humana.

El general Pérez Bello se acercó.

—Doctor, aquí hay una delegación de jóvenes que vino a saludarlo y entre ellos está la única joven.

Balaguer pidió que me acercara.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

Caminé hacia él y le extendí la mano derecha.

Él la tomó entre las suyas y la sostuvo con fuerza.

Yo estaba tan nerviosa que con la izquierda no dejaba de acomodarme el cabello detrás de la oreja.

Después de tantos años imaginando aquel encuentro, ya era real.

Estaba frente al hombre que desde niña había deseado conocer.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

—Rita Mendoza. Soy sobrina de quien fue su diputado, Mendoza Pepín.

Reaccionó de inmediato.

—¿Mendoza me dijiste?

Aún conservaba aquel peculiar tono de voz que tantas veces había escuchado.

—Sí, Mendoza. ¿Lo recuerda?

Su respuesta fue inmediata:

—Claro que me acuerdo. Mendoza, de Santiago.

—Así es —le respondí.

Quise contarle algo más sobre mí.

—También escribo algunos artículos para el mismo periódico donde usted comenzó, La Información. Trabajo allí, en el departamento de composición.

En ese entonces yo todavía no era periodista. Apenas comenzaba a escribir algunos artículos y trabajaba en el periódico en el área de composición.

Balaguer respondió:

—Qué bien. Yo escribí mis primeros artículos ahí.

Aquello hizo el encuentro todavía más especial.

Sus ojos ya no podían verme, pero yo sentía que, de alguna manera, lo hacía.

Quizás con el alma.

Y había algo que me llamaba especialmente la atención: sus manos.

Eran increíblemente suaves, casi como las de un bebé.

Y no soltó la mía.

Durante toda nuestra conversación la mantuvo entre las suyas.

Yo percibía una energía difícil de explicar. Era la emoción de estar finalmente frente a alguien que había formado parte de mi imaginario desde niña.

En medio de la conversación, Balaguer me instó a seguir escribiendo. Para él, la literatura era fundamental y lo había demostrado a lo largo de toda su vida mediante sus poemas, novelas, relatos y memorias. Sus palabras me conmovieron porque no solo hablaba con una muchacha que comenzaba a escribir; también parecía reconocer una vocación que yo apenas empezaba a descubrir.

Ese consejo quedó guardado en mi memoria como uno de los regalos más valiosos de nuestro encuentro.

Con todo el entusiasmo y también con la ingenuidad de aquellos años, le dije:

—Presidente, nosotros vamos a seguir trabajando para que usted gane las próximas elecciones y vuelva a ser nuestro presidente.

Balaguer sonrió.

Fue una sonrisa tierna, casi infantil. Mis palabras parecieron alegrarlo y halagarlo.

Me dio las gracias.

Y luego hizo una pregunta que jamás olvidaría:

—¿Qué puedo hacer por ti? Pídeme lo que necesites.

Podía haber pedido cualquier cosa.

Pero mi respuesta fue sencilla:

—Quiero que me permita volver a verlo. Quiero visitarlo.

Me respondió amablemente que sí.

Que podía visitarlo cuando quisiera.

Ingenua yo.

Pensé que aquellas palabras significaban que, desde ese momento, tenía las puertas abiertas para verlo.

Y, de cierta manera, sí estaban abiertas…

Pero solamente hasta las oficinas, como más tarde descubriría.

“¡Pero tú no le pediste nada!”

Después, cada uno de mis compañeros fue pasando a saludarlo y presentarse.

Yo permanecí junto al sofá, observando cada detalle e intentando guardar aquella escena en mi memoria.

Antes de marcharnos pedimos al general Pérez Bello que nos permitiera tomarnos una fotografía con Balaguer.

Llevábamos aquellas pequeñas cámaras desechables de la época. Todavía no existían los teléfonos inteligentes ni esa posibilidad de sacar una cámara del bolsillo y fotografiar cada instante.

Pérez Bello rechazó amablemente nuestra petición.

Balaguer no se encontraba en la mejor condición de salud y todavía vestía ropa de casa. Aunque nos quedamos con las ganas de conservar aquella fotografía, entendimos que era responsabilidad de quienes lo rodeaban proteger también la imagen pública de un líder de su dimensión.

Salimos felices.

Aunque debo decir que mis compañeros no estaban demasiado contentos conmigo.

Según ellos, Balaguer había pasado unos quince minutos conversando conmigo, mientras que con algunos apenas había intercambiado unas palabras.

Pero eso no era lo que realmente les molestaba.

Había algo mucho peor:

yo no le había pedido nada.

Nada material, quiero decir.

Uno me reclamaba:

—¡Debiste pedirle un carro!

Otro tenía una idea mejor:

—¡Un apartamento!

Y otro insistía:

—¡Una beca en el extranjero!

En fin, todos sabían perfectamente lo que yo debía haber pedido.

Todos, menos yo.

O quizás yo era la única que realmente lo sabía.

Porque mi corazón ya había recibido aquello que durante años había deseado:

había conocido a Balaguer.

Y para mí era más que suficiente.

“Mamá me dijo que conociste a Balaguer…”

Semanas después ocurrió algo que, en ese momento, parecía no tener mayor trascendencia, pero que acabaría convirtiéndose en otra consecuencia inesperada de aquella visita.

Mi abuela me mandó a llamar.

Quería que fuera a hablar con mi tío.

Aquello era inusual.

Mi tío, José Enrique García, es un destacado y galardonado escritor que vive en Santo Domingo. Visitaba con frecuencia a su madre y solía llevarle sus libros más recientes o periódicos y publicaciones donde aparecían sus trabajos.

Siempre había sido muy amable con todos nosotros, pero hasta entonces él y yo nunca habíamos tenido la oportunidad de sentarnos a conversar verdaderamente.

Ese día lo saludé.

Se sentó conmigo y, casi de inmediato, me dijo:

—Mamá me dijo que conociste a Balaguer…

Quería saberlo todo.

Yo, todavía entusiasmada por la experiencia, comencé a relatarle los detalles: la llegada a la Máximo Gómez, las interminables horas de espera, las personas que vimos entrar y salir, el hambre, las discusiones del grupo, el instante en que finalmente nos permitieron subir, cómo era Balaguer de cerca y, por supuesto, nuestra conversación.

Le mencioné algo que se había quedado especialmente grabado en mí:

—Durante todo el tiempo que estuvimos conversando me sostuvo la mano. Nunca la soltó.

Mi tío me miró y comentó algo que me tomó completamente por sorpresa.

Me contó que, según ciertos rumores que circulaban en la capital, Balaguer estaba vinculado de alguna manera con los rosacruces y que alrededor de su figura existían numerosas historias de carácter místico. Entre ellas se decía que poseía una forma particular de absorber o, como popularmente se comentaba, “robar” la energía de los jóvenes, especialmente a través del contacto físico.

Yo no sabía absolutamente nada sobre aquellas versiones ni comprendía demasiado a qué se refería.

Lo único que tenía claro era que, durante toda nuestra conversación, Balaguer había mantenido mi mano entre las suyas sin soltarla.

Así que, con toda la ingenuidad y espontaneidad de mis años, respondí:

—¡Pues yo le doy toda la que quiera!

Y solté una carcajada.

Mi tío también sonrió.

En aquel momento tomé aquello como una de tantas leyendas y rumores de carácter místico que rodeaban la figura de Balaguer. Para mí, lo verdaderamente importante seguía siendo la emoción de haberlo conocido.

Sin embargo, lo que ninguno de los dos podía imaginar era que esa conversación terminaría abriendo una puerta completamente distinta.

Desde ese día nació una bonita relación entre mi tío y yo que ha perdurado a través de los años.

Con el tiempo, me ha ayudado y orientado con mis libros. Hemos compartido conversaciones sobre literatura y escritura, me ha brindado sus consejos y mantenemos una comunicación cercana que continúa hasta hoy.

A veces pienso en la curiosa cadena de acontecimientos que puede provocar un solo encuentro.

Yo había ido a aquella casa únicamente con el deseo de conocer a Balaguer.

Sin saberlo, esa experiencia también creó un puente hacia mi tío y hacia una relación que años después tendría un significado especial en mi propio camino como escritora.

La promesa que no era tan sencilla de cumplir

Después de ese día intenté visitar nuevamente a Balaguer.

Lo intenté varias veces.

No lo conseguí.

Fue entonces cuando comprendí la ingenuidad con la que había interpretado sus palabras.

“Puedes visitarme cuando quieras”, me había dicho.

Y probablemente lo decía con sinceridad.

El problema era llegar nuevamente hasta él.

Las puertas podían estar abiertas, pero detrás de ellas existía todo un mundo de asistentes, reuniones, compromisos, políticos y prioridades que había que atravesar.

Pasó aproximadamente un año.

Finalmente regresé a aquella dirección.

Y pude volver a verlo.

Pero no de la manera que había imaginado.

La segunda y última vez

Esta vez fui a la casa del frente.

Todo había cambiado.

La cantidad de personas era incalculable. Las filas parecían interminables. El jardín estaba cubierto de coronas de flores de todos los tipos y tamaños, y su aroma se esparcía por toda la avenida Máximo Gómez.

Sus poemas convertidos en canciones se escuchaban en todas partes, especialmente “Lucía” y “Remanso, inspirado en San Francisco de Asís”, una faceta suya que siempre admiré.

En la calle se escuchaba el llanto de muchos de sus fieles seguidores.

También estaban presentes algunos de sus más férreos detractores.

La muerte había conseguido reunir, aunque fuera por unas horas, a quienes durante años habían estado separados por la política.

Joaquín Balaguer había muerto.

Esperé nuevamente para verlo.

La primera vez había pasado desde la mañana hasta las tres y media de la tarde aguardando conocerlo vivo.

Ahora hacía fila entre una multitud para despedirlo.

Cuando finalmente pude entrar, allí estaba.

Su cuerpo yacía en una pequeña cama, como había pedido ser velado.

Durante tres días permaneció allí, en aquella casa, como quien simplemente duerme.

Al contemplarlo, mi corazón se encogió.

Sentí una tristeza profunda, extrañamente familiar, parecida a la que se experimenta cuando se pierde a un ser querido.

Para mí era como despedirme de aquel abuelo lejano que había conocido primero a través de una fotografía, luego mediante los relatos de mi familia y, finalmente, durante aquellos minutos en los que sostuvo mi mano entre las suyas.

El paso frente a su cuerpo tuvo que ser breve. Detrás de mí aguardaba una multitud.

Pero pude verlo una vez más.

Y desde mis propias creencias siempre he querido pensar que, de alguna manera, él también pudo verme.

Existe la creencia de que el espíritu permanece durante algún tiempo cerca del cuerpo y puede contemplar lo que sucede a su alrededor. Esa idea inevitablemente me hizo pensar en “La bella alma de Don Damián”, de Juan Bosch.

No sé qué ocurre después de la muerte.

Pero sí sé qué sucede con ciertos recuerdos:

se niegan a morir.

Lo que realmente le pedí a Balaguer

Han pasado muchos años desde aquella tarde.

Y el tiempo también transforma nuestra manera de comprender la historia.

Joaquín Balaguer fue una de las figuras más influyentes, complejas y debatidas de la historia política contemporánea de la República Dominicana. Su extensa trayectoria pertenece al análisis de historiadores, periodistas, académicos y ciudadanos, y seguirá generando admiración, críticas e interpretaciones distintas.

Este relato, sin embargo, no pretende juzgar sus gobiernos ni resumir su legado político.

Esta es simplemente mi historia con Balaguer.

La de aquella muchacha que creció viendo su fotografía en el comedor de su casa.

La que participó en campañas y mítines.

La que una madrugada salió junto a catorce jóvenes más con la ilusión de conocerlo.

La que pasó horas con hambre sin saber que en la casa del frente servían comida.

La que vio cómo quince personas que habían llegado impecables, con sus trajes y corbatas, terminaron tiradas sobre los sillones discutiendo si debían marcharse.

La que finalmente escuchó:

—Ya pueden subir.

La que subió aquellas escaleras apresuradamente y encontró, casi perdido dentro de un enorme sofá, a aquel anciano vestido con una bata marcada con las iniciales JB.

La que extendió su mano y sintió que Balaguer la envolvía entre las suyas.

La que escuchó:

—¿Mendoza me dijiste?

Y respondió:

—Sí.

La misma a quien después le preguntó:

—¿Qué puedo hacer por ti? Pídeme lo que necesites.

Y a quien también instó a seguir escribiendo, recordándole que la literatura era fundamental y podía convertirse en un camino para toda la vida.

Mis compañeros pensaron que había desperdiciado una oportunidad extraordinaria.

Quizás tenían razón desde su perspectiva.

Un carro habría sido maravilloso.

Un apartamento habría tenido un enorme valor.

Una beca en el extranjero habría podido cambiar muchas cosas.

Pero los automóviles envejecen.

Los apartamentos cambian de dueño.

Los títulos terminan guardados en una pared.

Aquel consejo, en cambio, sigue conmigo.

También su recuerdo.

Yo había ido a buscar una sola cosa y la había conseguido:

conocerlo.

Y la vida, además, me regaló algo que nunca pedí.

Semanas después, aquella experiencia propició una conversación con mi tío José Enrique García. Lo que comenzó como una anécdota sobre Balaguer terminó abriendo el camino hacia una relación familiar, intelectual y literaria que ha sobrevivido al paso de los años.

Tal vez por eso la fotografía que tomé durante uno de sus últimos mítines tiene hoy un significado completamente diferente.

Durante mucho tiempo pude haber pensado que era la imagen del día en que estuve tan cerca de Balaguer y no pude conocerlo.

Hoy sé que no.

Era la fotografía del comienzo de este relato.

Porque hay experiencias que transforman nuestra vida y otras que, a pesar de los años, continúan despertando los mismos sentimientos que un día quedaron grabados en el corazón.

Y basta una fotografía para devolvernos a ellas.

Cuando la miro, vuelvo a escuchar el bullicio de aquella casa de la Máximo Gómez. Siento otra vez el hambre de aquella interminable espera. Subo de nuevo aquellas escaleras. Veo la fotografía de su madre, los libros, los cuadros y aquel enorme sofá.

Y, por unos instantes, siento otra vez aquellas manos suaves sosteniendo la mía.

También regresa aquel consejo inesperado: que siguiera escribiendo, porque la literatura era fundamental.

Y entonces, entre los ecos de la memoria, escucho nuevamente aquella voz.

Pero ya no llega sola.

Con ella también regresa la de mi buen amigo y hermano de la universidad, Josué, quien durante años, cada vez que me encontraba, imitaba con extraordinaria gracia el peculiar tono de Balaguer y, sin proponérselo, me transportaba de nuevo a ese preciado instante.

Bastaba con que me viera para decirme:

—¿Mendoza me dijiste?

Y yo regresaba, por unos segundos, a aquella habitación de la Máximo Gómez, al enorme sofá, a sus manos sosteniendo la mía y a la emoción de un encuentro que el tiempo nunca consiguió borrar.

Quizás esa sea una de las maravillas de la memoria: algunas voces se apagan, pero encuentran otras que las mantienen vivas.

Hoy, después de tantos años, todavía puedo escuchar ambas.

Y mi respuesta sigue siendo exactamente la misma:

—Sí. Mendoza, de Santiago.


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